viernes, 3 de agosto de 2012

A ritmo de paipay

Sábado, 21 de abril


            Chengdú no es una ciudad que sorprenda al viajero común. Cuenta con varios templos de más de trescientos años de antigüedad, con varios parques donde los ancianos se reúnen a jugar o a practicar tai – chi y sus salones de té pueden encontrarse en otras ciudades chinas. Hasta aquí, nada nuevo. Tampoco su vetusta historia la diferencia de sus homólogas. Al igual que muchas poblaciones compatricias, Chengdú tiene un pasado milenario. Los primeros restos humanos datan de la Edad de Bronce, pero habría que esperar al siglo IV a. de C. para que se erigiese en  capital. Como toda urbe con un gran pasado alcanzó épocas de esplendor, y de decadencia. Fue la primera ciudad en la historia donde se acuñó el papel moneda a comienzos del siglo X, y también una de las más devastadas por el terremoto sufrido en 2008.








            Visitada por viajeros como Paul Theroux o Suso Mourelo, sus observaciones conforman el testimonio de una metrópoli que cambia y se reinventa año tras año. Para  el escritor norteamericano, el Chengdú de los ochenta era una urbe «descomunal» y carente de «encanto»; opinión contraria sostiene el escritor español, para quien la Ciudad Perfecta o Ciudad de Loto significa el primer lugar del que se despide sintiendo «auténtica nostalgia». El autor de Adiós a China nos dejó un legado abierto donde contemplar las diferencias acontecidas una década después. Si en su relato las chicas jóvenes se servían de los buscas para ser localizadas mientras las casas de té comenzaban a ponerse de moda, en el 2012, las mismas jóvenes de distinto rostro no dan tregua a sus móviles, o a sus tabletas de última generación.






         Las casas de té se extienden por el país, aunque Chengdú sigue oscilando la primacía cuantitativa. En ninguna ciudad de las que he visitado hay tantos salones de té como en la capital de Sichuán. Disfrutar del lento transcurrir de las horas,  u observar el fluir del agua sobre las hojas verdes constituye un placer  que practican muchos de sus conciudadanos. Por eso, callejear por la zona antigua de Chengdú, o por uno de sus parques poblados de teterías entraña todo un canto a la relajación y a la armonía.  





            Para el espíritu hedonista simboliza un homenaje a la vida plácida. Para el buen gourmet, su gastronomía es uno de sus máximos alicientes mientras que  los amantes de los animales se deleitan con la bonhomía  del oso panda.  En mi caso, una de las razones que me atrajo poderosamente residía en su pasado literario. Tu Fu y Li Bae, dos de los grandes poetas chinos, vivieron en Chengdú. Liu Bae y Zhuge Liang, además de personajes históricos, son protagonistas de la obra medieval el Romance de los tres reinos. El Templo del marqués de Wu les rinde homenaje. También la mitología tiene voz propia y así se cuenta que Lao Tse, transmutado en cabrero, se presentó de esta forma a un amigo con el que se había citado en los jardines del templo de Qinyang.





           
          Ante un lugar de estas características, uno no puede hacer otra cosa que ponerse unos zapatos cómodos, coger su cámara, y plano en mano, comenzar a descubrir lo que esta ciudad le depara. Si en mis múltiples viajes he descubierto que cada lugar varía según la retina que lo  mire, en China esta obviedad se acrecienta. Probablemente Chengdú me ofrecerá una visión distinta de la que ofertan las guías, o  de las que vivieron otros que me precedieron. De momento, solo salir a la calle ya me depara una sorpresa. Con prácticamente una humedad del cien por cien, y una temperatura de más de 25 grados, la sensación de ahogo es tremenda. Cuesta respirar, aunque en este caso, soy afortunada: la contaminación no alcanza los niveles de Pekín. Si solo se trata de combatir la asfixia, entonces nada mejor que utilizar el método de los antiguos y darle al abanico, o en este caso, a un pintoresco paipay.  


           

martes, 31 de julio de 2012

Objeto no identificado



Viernes, 20 de abril


            Comenzar un viaje es estar dispuesto a romper la rutina y sonreír a la sorpresa, especialmente, si te encuentras en un país donde tu analfabetismo te hace sentir al mismo tiempo tan inseguro como ignorante. Llevaba días planificando un viaje a Chengdú,  la  capital de Sichuán. El poder pisar la misma tierra donde vivió Du Fu algún tiempo, o el conocer personalmente a un oso panda despertaba mi interés por esta ciudad mucho más que su archiconocida gastronomía. Como mis obligaciones en la facultad no me dejaban tiempo suficiente para viajar con calma, el avión se convirtió en mi único aliado. China es más que un país. Viajar a una provincia como Sichuán te lleva tres horas en avión, el mismo tiempo que cruzar la Unión Europea casi desde una punta a otra.




            Uno de mis deseos siembre ha sido recorrer el país del dragón en tren y así ver las diferencias que estriban entre la China que nos relata Paul Theroux  en En el gallo del hierro, escrito a finales de los ochenta, y la China actual. Pero esto tendrá que esperar. De momento, solo tengo tres días para conocer algo de la exótica Sichuán, y el avión es el mejor medio, aunque no el más económico. Los viajes interiores a las provincias del sur no son baratos, y si además, la línea regular no tiene mucha frecuencia puede llegar a costarte más de seiscientos euros. Afortunadamente, Pekín – Chengdú cuenta con varios vuelos diarios y su precio es asequible. Quienquiera viajar por este país de una forma económica no le queda más remedio que hacerlo en autobús o en tren, y tener, por supuesto, unos cuantos días libres a sus pies.

en el gallo de hierro: viajes en tren por china-paul theroux-9788466321990




            Si la seguridad es una de las riquezas con que cuenta China, la anécdota que nos sucedió en la Terminal 2 del aeropuerto de Pekín certifica, una vez más, esta realidad. Llegamos al aeropuerto en uno de los tantos autobuses que te llevan desde todas las zonas de la ciudad al módico precio de dieciséis yuanes (sobre unos dos euros).  A nuestra llegada, colocamos el escaso equipaje, uno encima de otro, en los carros para poder movernos con total comodidad. Deambulamos con calma, puesto que llevábamos tiempo suficiente. La multitud china distraía nuestra atención: un grupo de jóvenes azafatas, impecablemente vestidas y maquilladas, todas con sus impolutos uniformes rojos, algunos turistas estrambóticos, hombres de negocios con prisa… y de repente, me fijo en nuestro equipaje: faltaba una de las maletas. ¿Robada, perdida? Rápidamente localizamos a un grupo de guardias pero ninguno de ellos podía comprender otra lengua que no fuese chino mandarín. No tuve más remedio que recurrir al bueno de Wang Lei, una vez más, para que hiciese de intérprete por teléfono. Pero esta vez, ni Wang Lei, ni ninguna de mis amistades chinas, estaba disponible en su móvil. Describíamos la forma de la maleta con las manos, mostrábamos el carro, señalábamos mi polo rojo indicando que el objeto perdido era de ese color, mientras veíamos como la policía, seguía sin enterarse de nada, y amablemente nos decía algo ininteligible. Finalmente, una de las guardias decidió llamar por teléfono, y al poco tiempo, llegaron los refuerzos.
             Mientras esperábamos sin saber a quién o a qué, intentamos una vez más, explicar lo sucedido reconociendo por último que la mímica no era lo nuestro. Al final, el refuerzo era un policía que se defendía escasamente en inglés. Los occidentales tenemos la extraña idea de que todo el mundo en China habla esta lengua y no es así. Sólo una minoría, y ahora un poco más los jóvenes, puede comprender este idioma.  Pero lo importante en esta ocasión,  es que el policía políglota pudo hacerse cargo de la situación aunque no emitiese ningún sonido en la lengua de Shakespeare. Lo único que nos pidió es que le acompañásemos a la planta baja del aeropuerto; en el camino, íbamos temiendo lo peor, tener que rellenar formularios en chino, en los que ni siquiera entiendes dónde hay que firmar.  En un inglés básico nos preguntaron de nuevo por el color del objeto perdido, por el contenido, y si había algo de valor. Después de declarar, y señalarnos con un bolígrafo dónde teníamos que firmar (efectivamente, el formulario estaba en chino), nos sacaron el objeto de tantos disgustos: una maleta roja.
                   

Noticias y prensa
                                                                   
            Lo que no podíamos imaginar, una vez sentados en el avión y mientras respirábamos con calma, es que Chengdú nos depararía nuevas sorpresas gracias a uno de mis males mayores: el despiste universal en el que parezco estar siempre inmersa. Pero esto forma parte de otro capítulo.


           

miércoles, 18 de julio de 2012

“Jasmine tea, please”

Miércoles, 18 de abril

            Cuando el exceso de trabajo asoma a través de esa mezcla de lapislázuli y malva debajo de los ojos, lo mejor que uno puede hacer, si se encuentra  en China, es recibir un masaje si está solo o bien irse a una casa de té si goza de buena compañía.  En este caso, me inclino por lo segundo. Nada más gratificante que una tarde en un tranquilo salón de té rodeado de buenos amigos. Según la tradición china, el vino invita a la alegría y  debe beberse entre el jolgorio de una buena comitiva mientras el té es idóneo para el recogimiento. Para que el ritual sea entonces auténtico es necesario que la persona con quien vayas a disfrutar de unas horas de asueto te permita estar en silencio y sentirte tan cómoda como si estuvieses manteniendo una buena conversación.






       Laoshe Teahouse  es una de esas casas de té que no deja indiferente al visitante por varios motivos, entre ellos, por su cariz literario y artístico. Su punto negativo está en ser una de las “teterías” más famosas de la ciudad, un clásico de todas las guías turísticas. Por tanto, los precios son más que occidentales. Una taza de té oscila entre los 40 euros y puede llegar a superar los 500, todo depende de lo que uno esté dispuesto a gastar. En el precio no sólo se incluye el té, sino que alquilas un salón privado por unas horas. En esta casa han dejado sus firmas primeros ministros, presidentes de estado e incluso casas reales. Sin embargo, Laoshe Teahouse no se sostiene de estas autoridades, se nutre principalmente del propio pueblo chino. Así, a nuestra llegada, nos encontramos con una familia que festeja el nonagésimo cumpleaños del abuelo, y lo hace de la mejor forma posible, en una emblemática casa de té.






       Los salones de té chinos, al menos los más lujosos, son una especie de mansión en los que se aglutinan varias estancias en torno a un patio principal donde hay una fuente con peces. El tomar el té en un sitio de estas características no es simplemente paladear el sabor de un té de primera calidad, sino que es toda una filosofía de vida. Los peces que nadan tranquilamente son de color naranja, una representación del concepto de armonía que envuelve al pueblo chino. Pero además, en Laoshe Teahouse al murmullo del agua que cae plácidamente  se acompaña la música. Una joven, vestida de máxima gala, toca un guzheng en el patio principal; de esta forma todos los clientes pueden observar el espectáculo mientras saborean lentamente su té. El guzheng es uno de los instrumentos chinos más antiguos ya que se hizo popular durante el periodo de Primavera y Otoño (770 – 476 a.C.). Poco a poco fue evolucionando e incrementando el número de cuerdas hasta llegar a las 21 con que cuenta hoy en día. Se le conoce como “el rey de los instrumentos” o “piano oriental”. La música que emana es cálida, idónea para escucharla en un ambiente tan apacible.






       Desde el momento en que uno entra en Laoshe Teahouse todas nuestras ideas sobre la exquisitez oriental se aúnan formando un solo puzzle. En primer lugar, unas jóvenes muy educadas te saludan y te conducen a un atril  donde te muestran los precios del té así como el alquiler de las salas en función del tiempo que vayas a estar. Una vez que aceptas y eliges el tipo de té (el más económico es el té de jazmín), cruzas un patio central y desde allí te guían a uno de los muchos salones con que cuenta la casa. Uno no puede hacerse idea de la amplitud del lugar ni tampoco se permite deambular libremente como si estuvieses en un museo. La discreción más absoluta rige las normas del local pudiendo estar cerca del más alto dignatario o de un gran famoso sin enterarte. Con gestos muy suaves y leves inclinaciones de cabeza nuestra guía te pide que la acompañes y te invita a entrar en uno de los salones. El resultado no puede ser más apacible. Confortables sillas, un gran cristal que permite observar el patio central sin ser visto, y flores naturales sobre la mesa. Cuando la camarera con atuendo tradicional nos trae todos los utensilios requeridos para tomar el té, comienza el espectáculo. 
           





       Según el tipo de té que vaya a tomarse la cerámica será distinta. Para un té aromatizado es mejor utilizar una tetera ancha que preserva más la fragancia. Si el té, en cambio, es negro, oolong o Pu’er es más idónea la cerámica púrpura ya que conserva mejor el sabor. En nuestro caso, nos traen el clásico tipo de taza – tapa de color amarillo haciéndose innecesaria la tetera. Lo primero que se hace es calentar las tazas con agua. Para ello, se sirve el  agua, se remueve y se deposita en una especie de cuenco. Acto seguido, se pone  el té en las tazas con uno de los utensilios de madera. Vuelve a volcarse el agua caliente sobre la taza, y se tira nuevamente. Este ritual se hace con la finalidad de eliminar las impurezas que puedan traer las hojas. A continuación, se vierte otra vez el agua sobre las tazas siempre desde un punto alto, con el objetivo de reducir la temperatura del té. Así no es lo mismo tomar un té rojo, propio del invierno, que requiere una temperatura de cien grados, que el té verde, propio del estío, que no debe superar los noventa grados. Para que el té se haga mejor y no se diluya el aroma se cubre la taza con su tapa. Después, sosteniéndola con ambas manos, se ofrece al cliente acompañado de una reverencia mientras te sugieren  que abras levemente la taza para que puedas sentir el olor del té. Acto seguido, con la tapa cubriendo prácticamente toda la superficie, comienzas a beber. De esta forma, se impide que absorbas las hojas.





       La ceremonia del té no sólo es un momento de belleza y de tranquilidad sino que es una forma de olvidar las preocupaciones a través de un arte elegante que incita a la armonía de cuerpo y espíritu. Por eso, desde la antigüedad fue cultivada por poetas y artistas. No sé si practicar este arte puede llevarnos, como afirma la tradición china a la moralidad, pero sí que nos conduce al bienestar y a la calma. Una experiencia que bien merece la pena para todo aquel que decida adentrarse en el país de las sóforas.



jueves, 5 de julio de 2012

Menú alternativo

Domingo, 15 de abril


            Mientras la Ciudad Prohibida refleja su sueño sobre las aguas y todo a su alrededor parece descansar acunado por un silencio acogedor, la vida burbujea apenas unas calles más adelante. Wangfuying está a las diez de la noche, hora en que cierran las últimas tiendas de lujo, con un ambiente festivo, no importa qué día de la semana sea. En nuestro caso, un sencillo domingo de abril. Las gentes, cargadas con bolsas de Hermés, Gucci, Zara, Jaeger – Le Coultre, Lotusse o Louis Vouitton entre otros, se arremolinan entre los pocos taxis disponibles, quienes, en actitud imperial, deciden si llevar o no a sus demandantes al sitio indicado. Ninguno de los taxistas de esta zona va a aceptar mover un ápice de su coche si no es por un precio tres veces superior al normal. Y si te ven vestido con ropa de turista y sin ninguna bolsa de marca, lo más normal es que te ignoren y ni siquiera te contesten. En este lugar de la ciudad poco queda de Confucio, y mucho del quevediano  “poderoso caballero es don dinero”.



            Apenas se gira la esquina, nos estrellamos con la calle Dong’anmen y el panorama es completamente distinto. De una calle impoluta de lujo europeo pasamos a un olor continuo de comida frita. La  multitud se aglutina en torno a unos puestos corridos que ocupan más de media calle. Al ir acercándome a ellos me doy cuenta de que la variedad gastronómica es ingente. Desde escorpiones a serpientes o ranas a la brasa hasta suculentos dumplings y  sanas brochetas de frutas frescas, este mercado culinario es todo un espectáculo.


            Todo se cocina sobre la marcha, y lo más llamativo son los pinchos que atraviesan todo tipo de carne, incluidos una amplia gama de insectos. Los turistas pensarán que este tipo de comida alimenta los estómagos de la mayoría de los pequineses. Nada más lejos de la realidad. Cuando pregunté a mis compañeros de universidad si alguno había probado este tipo de alimentos, todos me respondieron que no, y me explicaron, que hace unos años, cuando había tanta hambruna en el campo, los pobres campesinos tenían que comer aquello que estuviese a su alcance, aunque fuese una culebra o un escorpión.  El hambre no entiende de exquisiteces. Sin embargo, pasada esa época de penuria, los ciudadanos chinos prefieren un buen pato a la pequinesa o un cerdo agridulce, y a ser posible, cocinado en un restaurante donde el aceite utilizado ofrezca plena garantía.  Abrumada por el olor, y por los cocineros que gritan constantemente ofreciéndote sus productos, me acerqué a uno de los puestos de frutas. Cuál no sería mi sorpresa cuando el precio que me pedía por una simple brocheta era superior al  que normalmente pago en las fruterías por una bolsa llena de fruta. Está claro que el famoso mercado nocturno cerca de Wangfuging es todo un homenaje al incauto turista.





miércoles, 27 de junio de 2012

Buscando la armonía

Sábado, 14 de abril

         
            Pekín es una ciudad en la que confluyen todo el estrés del mundo capitalista y toda la armonía del taoísmo. Para encontrar un poco de calma y poder compensar la esquizofrenia colectiva basta ir a uno de sus muchos lagos y parques. Ningún lago en Pekín es natural, pero los emperadores se encargaron de crear canales y estanques lo suficientemente caudalosos como para poder navegar en ellos. Esta vez el objetivo se encuentra en el parque Bei Hai. Fue jardín imperial durante más de mil años y desde 1925 es parque público.



            Al fondo puede contemplarse el parque Jing Shan construido durante la dinastía Yuan (1279 – 1368). La colina, que es la única que se percibe desde Bei Hai se creó con la tierra del foso excavado alrededor del palacio del emperador ming Yongle. Este gobernador destaca, entre otros logros, por trasladar la capital de Nankín a Pekín en 1403. El parque estuvo comunicado con la Ciudad Prohibida durante siglos y su finalidad era protegerla de los malos espíritus procedentes del norte, que traen, según la mentalidad del Feng shui,  la muerte y la destrucción.



            El parque Bei Hai gira en torno al lago, y tiene una superficie de 69 hectáreas, 39 de las cuales están cubiertas de agua. Su creación data del año 938, durante la dinastía Liao. A medida que se fueron sucediendo los monarcas, el parque fue enriqueciéndose con pabellones, templos, y muros de dragones. Lo más destacable a primera vista es la Dagoda Blanca que ondea sobre la isla de Jade. Esta isla también fue erigida con el excedente de tierra extraída al hacer el lago. La Dagoda Blanca es una estupa edificada en 1651 cuando el quinto Dalai Lama vino a Pekín.



            Sin embargo, este locus amoenus podría convertirse en uno de tantos lugares placenteros si sus ciudadanos no lo hiciesen especial. Decenas de chinos se concentran por sus calles para hacer tai – chi, caminar con paso apresurado, o contemplar cómo la brisa mece los largos cabellos del sauce. A medida que me voy adentrando en sus secretos oigo con más claridad una música seguidamente de voces humanas que emiten sonidos ininteligibles. Mi sorpresa no tiene parangón cuando veo a un grupo de señoras reunidas en torno a un micrófono con sus altavoces correspondientes chillando a grito pelado algo que se asemeja a música. ¿Vergüenza de hacer el ridículo? Ninguna, felicidad plena de estar haciendo lo que les apetece. Al fin y al cabo es una diversión inocua para el resto de los ciudadanos salvo para nuestros selectos oídos. Todo es cuestión de armonía espiritual aunque a veces dicha armonía llegue a hacer callar hasta a los pobres pájaros que parecen haber huido ahuyentados por la música atonal. Yo hago también lo propio, y me voy alejando del ruido mientras me adentro en un mundo de templos, pabellones y árboles en flor.





domingo, 17 de junio de 2012

A la luz de El Bulli

Jueves, 12 de abril



            La vida es un universo de luces y sombras y de  escasas estrellas. Al igual que los planetas se mueven en su propia órbita, el ser humano recorre inconscientemente un único camino, una y otra vez. Sólo unos pocos rompen su elipse y se arriesgan a pensar. Se convierten entonces en astros, oscilantes unos, otros tenues,  pero brillando siempre por sí mismos. Este pensamiento va tomando forma mientras escucho las palabras directas de Ferran Adrià.



La casualidad hizo que esta tarde viniese al Instituto Cervantes. Al entrar en su biblioteca, descubrimos a un grupo de periodistas girando alrededor del gran chef. Nos informan de que hoy dará su conferencia en el centro, pero que es imposible asistir. Todo está completo. Vemos cómo le fotografían, y nos quedamos con la sorpresa de quien acaba de ver a un “famoso”, sonríe, y vuelve a su rutina. En este caso, hurgar en la filmografía, o perderse en los anaqueles de la biblioteca mientras dos de mis alumnos descubren la poesía de Juan Ramón Jiménez. La fortuna estaba de nuestra parte ese día; al irnos nos comentan que quedan cuatro plazas libres  y que podemos escucharle.

            Ferran Adrià es un hombre vitalista, positivo, y con una gran pasión. Es, además, y esto es lo que realmente me fascinó, un filósofo. Si nuestros cimientos occidentales desde los presocráticos se basan en el pensamiento, esto es lo que ha hecho Adrià. Pensar, ¿y qué piensa? En su profesión, la gastronomía. Y con las ideas ha innovado, y con éstas ha revolucionado el mundo de la restauración llevándonos a la vanguardia culinaria. En su conferencia destacó la importancia de la creatividad, del trabajo en equipo, y especialmente del riesgo que hay que correr si uno quiere llevar a cabo sus ideas. Adrià es uno de los pocos investigadores que es también empresario, y que ha tenido la visión, y la generosidad suficiente como para crear escuela. Hoy hay 2500 chefs repartidos por todo el mundo que han pasado por El Bulli. El estar en la vanguardia es una actitud ante la vida.  Quien quiera avanzar en su profesión, debe conocer su tradición, primero, y después, pensar. Y ésta es la enseñanza fundamental que nos ha dejado esta tarde Adrià: pensar.



            Si la vanguardia es estar en constante movimiento, siempre hacia delante, los nuevos proyectos del chef más famoso del mundo nos abrirán a una nueva dimensión: desde una Wikipedia especializada en gastronomía hasta un futuro museo o una fundación propia con fines investigadores. Los quinientos afortunados que puedan degustar su arte a partir del 2014 que no esperen encontrar una cocina complaciente. Al igual que la música clásica contemporánea no es fácil de escuchar, ni siempre entendemos la alta costura, o las nuevas tendencias de ARCO, la restauración de Adrià tampoco es cómoda. En La deshumanización del arte Ortega y Gasset hablaba del esfuerzo que exigían los nuevos movimientos artísticos. Y esto es lo que han hecho los grandes genios de la Historia. Nos provocan, estimulan nuestros sentidos y abren nuestra mente. Probablemente la comida de Ferran Adrián no nos guste  pero de lo que sí estoy segura es de que a nadie le dejará indiferente.





martes, 5 de junio de 2012

Un día puro, libre, alegre quiero…


Domingo 8 de abril



Llegó la primavera hasta la puerta grande y  ya la yerba

ofrece un verde de matices azulados.

Las flores rojas del melocotonero, aún no del todo abiertas,

forman pequeñas bolas.

Se han esfumado los ribetes de jade verde que tenían las

nubes, y ahora son nada más que jade blanco.

Quieto está el polvo.

Yo, en un sueño profético que es fácil de entender, rompí y

vertí una copa llena de primavera.

Pesa sobre las transparentes cortinas la sombra de las flores…

                                                           Li Ts’ing Chao

                                                           (s. XI – XII )  

       

            La primavera en Pekín llega sin avisar y dura apenas diez días. Casi imperceptible, la fresca brisa desaparece y las temperaturas suben de 10º a 25º C. Hoy el campus está lleno de árboles en flor y la contaminación parece, sólo parece, haberse tomado unas vacaciones. De hecho el sol está nítido, como un cuadro hiperrealista más que el cielo de Turner al que esta ciudad acostumbra; entre los sauces y los pinos brotan los árboles más bajos con un colorido de lunares, casi digno de una Feria de Abril. El manzano silvestre chino, tan pálido, compite con el ardiente melocotonero durazno formando todo un soneto de color, que me recuerda al lilio y clavel gongorino. Las lilas blancas, tan presumidas,  penden de los árboles y se dejan mecer por el aire mientras la flor tersa del ciruelo se aferra a las ramas como un bebé al pecho de su madre. A medida que me adentro en el campus el sonido del tráfico va desapareciendo y ganan protagonismo los pájaros. No sé que ocurrirá cuando el sol apriete y lleguen los insectos, pero hoy, la universidad está cerca de convertirse  en un auténtico locus amoenus.





jueves, 31 de mayo de 2012

Final o comienzo


Viernes, 6 de Abril



            La Universidad de Pekín (Beidá) celebra cada año la llegada de la primavera de una forma muy especial, con un festival, el Festival Poético de Weiming. Acompañados por la música que crean algunos de sus estudiantes, el Festival se organiza en el paraninfo y es todo un espectáculo. Los poetas jóvenes más renombrados llegan desde toda China: desde Shangai a Hong Kong e incluso el mismo Tibet. “Final o comienzo”, título que abre el festival,  reúne a poetas de la generación de los 70’ y de los 80’. A nuestra llegada,  los músicos ultimaban los preparativos del espectáculo y se adivinaba un ambiente festivo. Poco a poco, las butacas se fueron ocupando hasta que el auditorio quedó completo. Nunca había visto tal concentración de gente en un acto poético universitario. Encontrar a alguien en un sitio tan lleno suele ser una ardua labor, pero esta vez, no nos resultó difícil, nosotros no encontramos a los poetas, pero ellos sí que nos descubrieron a nosotras: ventajas de ser la única occidental entre una multitud asiática.


            Chen Yonghen, científico, músico, y poeta, Giao Xiaotao, con su verso tibetano, Zhon Zan y su arte de hacer teatro, Cheng Yang, Zeng Liand, Wang Donglong, Xiao Shui, desde el mismo Shangai, Ye Xiaoyang, Luo Zhan, el más joven de todos, Xu Yue con su Don Quijote o Yang Daguo, que ora nos lee sus  versos, ora toca la guitarra o le da vida a la filarmónica. Poco a poco, todos ellos fueron subiendo al escenario, alternando sus versos con una presentación de su poética. El momento  más emotivo se produjo cuando el poeta Hu Xudong rindió un homenaje entrañable a la recién fallecida Ma Yan. La joven poeta, estudiante como muchos de todos ellos de Beidá, no sólo participaba en el festival año tras año sino que también era su organizadora. Este Festival fue un homenaje, un largo epitafio donde se presentó por primera vez su antología póstuma. 

 Luo Zhan

            Muchos de vosotros os estaréis preguntando qué hacia yo entre tanto fonema imperceptible salvo que en tres meses hubiese aprendido chino, algo imposible, o de repente el oído y la mente se hubiesen abierto a este bello idioma en un milagro babélico. Lógicamente, ni lo uno, ni lo otro. Tenía la suerte de estar acompañada por una de mis alumnas, He Ying (Isabel) que iba traduciéndome el contenido más importante.  Sin embargo, cuando las palabras sobran, quedan los gestos, las actitudes, y esa simpatía recíproca que permitió que los poetas nos invitasen a cenar. Tuvimos la fortuna de sentarnos al lado de Zhu Zhu y de Sun Lei, e ir poco a poco elaborando la futura antología. La comida fue llegando y se organizó un auténtico festín. Una de las características del pueblo chino es que les gusta agasajar a sus invitados, y por eso, suelen pedir muchos alimentos, y disfrutar de la gran variedad de su gastronomía. Las mesas, situadas en habitaciones independientes del resto del comedor, tenían todas forma redonda, y en el centro, un gran círculo de cristal que giraba para que todos los comensales pudiesen ir degustando cada plato.

            Como la bebida principal no fue el té, sino  la cerveza autóctona Tsing Tao, poco a poco, se fue subiendo de tono, y muchos de ellos, comenzaron a cantar, se desenfundaron las guitarras, se afilaron las filarmónicas, y se organizó una auténtica fiesta. Pude sentirme como en casa, y comprobar, una vez más, el gran parecido existente entre el carácter chino y el español. Y como colofón a la fiesta, decidieron homenajear a España tocando y cantando una de las melodías estelares de la noche. Entonces, ya no me quedó más remedio que corresponder a tanta amabilidad, e intentar corresponder de la mejor forma que sabía. Pidiendo a uno de los músicos que  tocase algo de flamenco, y al ritmo de palmas, manos que ondulan y taconeo, decir: ¡olé, China!

De izquierda a derecha: Xu Yue, Xiao Shui, He Ying (Isabel), Yang Daguo, Catarina Valdés,
 Sun Lei, Zhu Zhu, Wang Donglong, Luo Zhan.


domingo, 27 de mayo de 2012

El jardín de la vista sublime


Miércoles, 4 de Abril

            Lo maravilloso de estar en una ciudad milenaria es el reencuentro con el pasado una y otra vez. En uno de mis paseos descubro una estatua de rostro firme y apacible, con un libro abierto en la mano. Con un porte de dignidad, el hombre está absorto en sus pensamientos, y hay en él una mirada melancólica y serena, incluso triste. Nada de esto nos extraña. El personaje vivió durante la dinastía Qing, en el siglo XVIII, proveniente de una familia de la nobleza, tan culta como decadente. El escritor del Quijote chino, al igual que nuestro Cervantes, pasó por vicisitudes y miserias llegando a necesitar incluso la ayuda de sus amigos. Orgulloso e independiente malvivió en las afueras de Pekín, escribiendo y viviendo los últimos años de su vida en lo que hoy se llama La casa de las hojas amarillas o Memorial de Cao Xueqin en el Jardín Botánico.  



            Sueño en el pabellón rojo  narra la historia de Baoyu, joven aristócrata de la familia Jia, y el amor que siente hacia su prima, Lin Daiyu. Sin embargo, es mucho más que una historia de amor. A lo largo de ciento veinte capítulos, ochenta escritos por Cao Xueqin, uno se adentra en la atmósfera de las familias aristócratas,  Xue, Shi, Wang, mientras el ambiente opresivo y bello va guiándonos hacia un mundo que se termina, en auténtico declive. Jia Baoyu es destinado a vivir en una de las estancias de la gran mansión conocida como “El jardín de la vista sublime”. Allí, rodeado de mujeres, pasa su infancia en un mundo idílico donde se fomenta el conocimiento y el intercambio de cultura. El gusto por lo nimio, por el pequeño detalle aproxima  la novela a la pintura flamenca del Renacimiento. A lo largo de más de dos mil páginas, van apareciendo personajes, y el lector llega a conocer la vida que transcurre de pabellón en pabellón en un mundo de señores y sirvientes que tan familiar le era al propio autor.


                                                                                        
                Como la vida de Cao Xuequin, que fue poco a poco haciéndose imperceptible, la figura que le representa pasa desapercibida al visitante que busca con ansiedad encontrar el paseo de los melocotoneros en flor. Sin embargo, la gran estatua medio oculta en un lado del jardín, nos recuerda que hay otro tipo de “vista sublime”. Basta con saber buscar esas páginas que al igual que su efigie nos miran,  y aguardan.




miércoles, 23 de mayo de 2012


Domingo, 1 de abril



            Mientras en España comienza a prepararse la Semana Santa, y muchos de los cristianos compran las palmas para celebrar el Domingo de Ramos, en Pekín todo indica que es un domingo más.  Yang me comenta que la primavera ya ha llegado y que uno de los mejores sitios para comprobarlo es el Jardín Botánico.



            La diferencia de moverte por Pekín tú solo, occidental sin poder disimularlo, o viajar con alguien del país es tan grande que hace que el mismo acto se convierta en una proeza en el primer caso, o en un hecho cotidiano, en el segundo. Me imagino  a mi misma intentando llegar al Jardín Botánico o Beijing Zhiwuyuan (北京植物园), al que sólo tienes acceso en autobús o en taxi. Si vas en este último es más fácil, pero coger el autobús es toda una aventura, especialmente porque las personas que te rodean son todas del país, que no hablan inglés en su mayoría, y porque todas las paradas están en caracteres chinos, es decir, que realmente no tienes ni idea de dónde podrás terminar.

            Para descontento de los lectores, esta vez ocurre el segundo caso y salvo la abundancia de tráfico y de gente, que aquí es lo rutinario, no ocurrió ninguna otra cosa digna de mención. Yang, tan amable, nos llevó en su coche y pudimos disfrutar una velada única comprobando, una vez más, el amor que siente este pueblo por sus árboles y su contenida naturaleza. Al igual que en las ciudades europeas, la han domesticado de tal forma, que todo en ella resulta agradable,  nada intimidatorio. Es la naturaleza al servicio del hombre, un lugar para la meditación, la tranquilidad, una especie de nuestro locus amoenus.



            El Jardín Botánico tiene a lo largo de sus 200 hectáreas varios invernaderos y diferentes tipos de jardines (el jardín de los cerezos, el jardín de las peonías, el de las hierbas medicinales tradicionales chinas…). Como el frío todavía nos acompaña, los únicos árboles en flor son los melocotoneros. Avanzas por las calles principales del Botánico y entre la multitud china, un palanquín en color rojo llama tu atención. No sé entonces si trasladarme a la época de las literas y los señores que nos describía Blasco Ibáñez en su obra China  o adivinar qué clase de espectáculo están representando. Me comentan que se trata de la imitación de una boda tradicional, y que hoy en día los jóvenes prefieren casarse más al estilo occidental. Es una lástima que lleguemos a la hora de su descanso, o quién sabe, tal vez los novios se lo hayan pensado mejor y hayan decidido desaparecer. Al menos, el palanquín no parece llevar mucho peso, y los músicos tampoco están muy animados.

            Seguimos nuestro paseo rodeados de árboles desnudos y por fin llegamos a un estanque, con su puente característico chino, y más adelante, a las riberas de un riachuelo donde la nieve parece haberse quedado estancada entre las ramas. El aroma de los melocotoneros en flor es una fragancia suave que deleita todos los sentidos. La tersura de sus pétalos, la belleza y perfección de la corola, y la esbeltez de sus filamentos  hacen de este árbol uno de los más cantados por los  poetas de este país. Hecho que no es de extrañar cuando pensamos que a Europa lo introdujeron los romanos a través de Alejandro Magno y éste lo trajo de su país de origen: China.











Mientras contemplo absorta tanta belleza me llegan las palabras de Li Ts’ing Chao:

           

            La lluvia tibia y el viento suave

            han liberado hoy por vez primera al sauce de los fríos

                        cristales de nieve.

            Me extasié contemplando los melocotoneros, y mis mejillas

            trascienden ya tímidamente la primavera de mi corazón […]

                                                                      

                                                               Li Ts’ing Chao (s. XI – XII)