miércoles, 17 de octubre de 2012

Donde habite el olvido


Lunes, 30 de abril



Antes de que anochezca decido terminar mi visita de la calle Oeste. El museo de artes marciales Hui Wu Lin es un conjunto de patios y salas donde se entrenaba el antiguo ejército de la ciudad. La sobriedad reviste el conjunto gris y terracota de sus paredes y tejados. En el centro destaca el patio de entrenamiento con el símbolo del yin y el yang. Diferentes banderas de distinto tono y color adornan sus pórticos. Hay también un templo presidido por Buda, así como una cocina con antiguos aperos gastronómicos.






Lanzas de distintos tipos, machetes, o espadas se suceden sin llegar a formar una oploteca; el turista más osado, si se atreve, puede medir su fuerza con alguno de ellos. Todos son de hierro, bastante pesados, semejantes a las armas que se usaban en Europa en la Edad Media.







Próximo a Hui Wu Lin se encuentra el primer banco de China, el Ri Sheng Chang. Fue la primera entidad financiera que expidió letras de cambio en 1823 llegando a poseer treinta cinco sucursales en su momento más álgido. Guardaba el dinero de sus clientes, concedía préstamos y cambiaba moneda. Fundado por un rico mercader, Li Dajin, estuvo estrechamente vinculado al devenir de la ciudad. Se restauró en 1995 convirtiéndose en el Museo del Banco Antiguo de China. A él llegaron muebles y objetos de otros antiguos centros económicos del país.





Pero el Rishengchang tiene además una historia local que explica su fama. Una mendiga fue con una letra de cambio por un valor de doce mil taels. Después de examinarla detalladamente el cajero se dio cuenta de que la letra había sido expedida mucho tiempo atrás, cuando el emperador Tongzhi estaba en el poder. El empleado fue a consultar los libros de cuentas antiguos y comprobó que el dinero había sido depositado en la sucursal de Zhang Jiakou donde el esposo de la anciana había hecho negocios. Antes de regresar a Pingyao murió a causa de una enfermedad sin volver a verla. Su viuda se quedó en la miseria, teniendo que mendigar para poder sobrevivir. Pasaron treinta años hasta que un día, revisando por casualidad la chaqueta que llevaba su marido en el momento de morir, encontró en uno de los bolsillos la letra de cambio. Desde entonces, Rishengchang pasó a la historia por ser uno de los bancos más sólidos y fiables.







La planicie de Pingyao la convierte en un lugar idóneo para pasear. El entretejido de sus calles y callejuelas me llevan justo al muro interior de la muralla. Descubro que no está revestido con ladrillos como su zona externa. Su pared arcillosa por la que se cuelan árgomas y malas hierbas le restan toda la majestuosidad del exterior. Una estrecha calle separa el muro de las casas, muchas de ellas construidas de barro, otras con ladrillo, pero todas paupérrimas, algunas abandonadas, en franco deterioro. Me doy cuenta de que estoy en la parte más pobre de Pingyao, la cara oculta que no se muestra al visitante, aunque tampoco se le prohíbe su entrada. 



Entre la miseria y el olvido, se alza la única iglesia católica de Pingyao. No sólo el barrio en el que se encuentra es una tristeza sino también sus muros grises, y su interior, sencillo, con pinturas de escasa calidad artística, la antítesis a nuestras iglesias barrocas. Una señora anciana reza el rosario en zapatillas. Otra mujer, ora con los ojos cerrados. La tarde va cayendo. Hay suciedad en las calles, y los ancianos, sentados en talluelas a las puertas andrajosas de sus casas, te miran pasar. Una calma doliente me recuerda el crepúsculo de los pueblos de Castilla, pero aquí la nostalgia es incluso mayor.





 El cielo contaminado con su sol oculto entre una niebla constante, los grises y terracotas acompasando el ritmo monocorde del paisaje, me traen, no sé muy bien porqué, el recuerdo de Quevedo:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
 por quien caduca ya su valentía.
Salime al campo: vi que el sol bebía
 los arroyos del hielo desatados,
 y del monte quejoso los ganados
 que con sombras hurtó su luz al día. 
 Entré en mi casa: vi que mancillada
 de anciana habitación era despojos,
 mi báculo más corvo y menos fuerte.
Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
 que no fuese recuerdo de la muerte.



lunes, 15 de octubre de 2012

Vuelo de cometas

Lunes, 30 de septiembre



La vida intramuros de Pingyao gira en torno al turismo. Sus calles alternan tiendas de antigüedades y souvenirs con monumentos históricos. Me adentro en uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad, la antigua Gobernación de Pingyao o Xianya Pingyao. Cruzar sus puertas es introducirse en un espacio de más de veinte seis mil metros cuadrados en los que se suceden tanto patios de distintos tamaños como pabellones de múltiples usos.



 En su época había un granero, una cocina, dos salas de lo Civil, una prisión, varios templos y habitaciones interiores, probablemente destinadas a la recaudación de impuestos. Era, junto con el banco, el edificio más poderoso de la ciudad. Todo lo que en ella acontecía terminaba de forma directa o indirecta en este vasto recinto que albergaba tanto el poder ejecutivo y judicial, como la administración financiera. El tono gris de los patios asciende por los muros y se extiende al tejado. Esta concentración de grises monocordes produciría una tristeza inmensa si no se viese interrumpida por el verde de las plantas y el rojo de los faroles.




La sobriedad de la Gobernación se agrava al llegar a las celdas de la prisión. Entonces la melancolía del entorno se convierte en angustia; cubículos con camas de ladrillo, esterillas sobre la misma, y bóvedas de cañón. Afortunadamente es un número escaso por lo que uno no llega a sentir la opresión de los corredores encadenados de las cárceles de Europa, o peor aún, los infiernos como el de Sachsenhausen. Me comentan, además, que los reos detenidos aquí eran a causa de sus delitos civiles, y no penales. Deduzco de estas palabras que en este lugar no se aplicaba la pena de muerte.





Caminar a las dos de la tarde por la calle Sur de Pingyao es rendir un tributo al dios Morfeo. Los comerciantes, reclinados unos sobre los mostradores, echados otros en cómodas tumbonas, descansan plácidamente. ¿Habrá algún desalmado que ose interrumpir tan plácido letargo, o será su sueño tan ligero que ante la cercanía de un cliente se reincorporen prestos a la venta? No me paro a comprobarlo. Cruzo la Torre de la Ciudad antigua y me adentro en la calle Oeste donde me espera el banco de cheques o museo Wei Tai Hou.







El banco Wei Tai Hou era un importante punto de negocios de la seda hasta que comenzó, en 1826, a ejercer funciones financieras convirtiéndose en uno de los centros económicos más importantes de la ciudad. Todo el edificio guarda el estilo de las casas tradiciones de Shanxi, similar al Gran Patio de Qiao (vid. entrada “La linterna roja”, jueves 13 de septiembre). Este recinto está formado por cuarenta habitaciones en las que se exhibe el estilo arquitectónico tradicional y el mueble típico de la dinastía Qing. Contaba con una sala de aprendizaje donde los jóvenes hacían prácticas durante tres años. El primer año no tenían una tarea definida, salvo realizar encargos sin importancia de todos los departamentos. El segundo año, se centraban en la caligrafía y el último, en los negocios. Después, debían superar un examen oral y otro escrito.






El banco Wei Tai Hou tenía también un departamento de ventas, un departamento financiero, desde el que se controlaban las cuentas de los clientes, y un gabinete de comunicación. La misión de éste último era el coordinar todos los sectores, incluyendo los comunicados interdepartamentales. Finalmente, se encontraba la oficina del director central con poderes plenipotenciarios sobre todas las secciones. Constituía, además, el nexo directo con los propietarios del banco. A pesar del buen estado de conservación, el polvo de los anaqueles, el olor de madera vieja, y la ausencia del trajín económico dotan al Museo de un aire decadente, como un agujero negro absorbiendo la vida de los turistas. Huyo de ese mundo pasado y decido salir fuera de las murallas, a través de la puerta Sur o Ying Xun. La sorpresa es total.






Aparece una ciudad moderna, viva, concentrada en una amplia plaza desde donde se contempla el cauce contenido del río Fei. La alegría es absoluta. Niños jugando con sus bicicletas, rompiendo el aire con sus risas, ancianos conversando, jóvenes flirteando mientras caminan por un europeo paseo de madera. Una cometa ondea más alto que la muralla como queriendo ver lo que sus paredes esconden. Dentro, un museo viviente anclado en el pasado. Fuera, el país alegre y dinámico que tanto me cautiva.



miércoles, 10 de octubre de 2012

La casa del Dios de la ciudad

Lunes, 30 de abril


«Unimos los radios en una rueda,
pero es el agujero central
lo que permite que el carro se mueva.
Torneamos la arcilla para hacer una vasija,
pero es el vacío interno
lo que contiene aquello que vertemos en ella.
Hincamos estacas para construir una cabaña,
pero es el espacio interior
lo que la hace habitable.
Trabajamos con el ser,
pero es el no-ser lo que usamos» .


El templo taoísta Cheng Huang o Templo del Dios de la Ciudad se sitúa en frente del templo de Confucio. Si el confucionismo y el taoísmo han estado durante siglos mirándose sin tocarse, lo mismo ocurre en Pingyao donde ambos santuarios son un símil de estas dos vertientes filosófico – religiosas: se observan en la distancia, unidos o separados tan sólo por una calle, unidos por un tronco común, el I Ching o Libro de las mutaciones.

                                 
  


Entrar en Cheng Huang es encontrarse con el pasado. El recinto es un conjunto de pabellones con una superficie cuadrada de siete mil trescientos metros. La decoración exquisita y alegre de los tejados contrasta con la seriedad de las esculturas de piedra y de sus murales. No es de extrañar si pensamos que estamos en la casa de unos dioses custodiados por guardias severos y jueces implacables. A su lado, nuestro Pantocrátor resulta un cándido retrato dibujado por Walt Disney. Cuando me aproximo al pabellón del Dios de la Ciudad un guía me corta el paso. Señala con su dedo y veo a un grupo de ciudadanos vestidos con traje tradicional dirigirse al edificio principal. Comienza la representación, una imitación del sistema ritual de la ciudad. En el centro, el personaje más importante pregunta, escucha las respuestas y juzga. Me llama la atención su gorro, un casquete de terciopelo negro y adornos turquesa de cuyos laterales salen dos tiras como si fuesen alas de mariposa. Su rostro también es peculiar, podríamos decir que los mechones de su bigote y perilla forman un juego de líneas con sus colgantes patillas, como una cascada de escaso fluir. Sin entender ni una palabra de lo que hablan, el ritual de colores y ropa es tan prolijo que puedo comprender fácilmente quiénes son los personajes principales y quiénes los secundarios. El grupo más numeroso viste túnica azul cielo, sombrero chino y larga coleta frente a las túnicas roja, turquesa y negra de quienes ostentan un cargo superior.








Dicen que Cheng Huang es uno de los santuarios mejores conservados de toda China. Sus frescos y la minuciosidad de sus tejados así lo confirman. Tampoco nos extraña demasiado si pensamos que el templo se quemó en 1859 y hubo que rehacerlo de nuevo. Todo Pingyao se volcó en su reconstrucción. Gracias a la iniciativa popular pudo recuperarse aquel santuario fundado durante la dinastía Ming. No obstante, de esta época apenas quedan vestigios. El conjunto es un ejemplo del estilo de la dinastía Qing. A pesar del tiempo es un templo vívido, al que los pingyaoneses se acercan para pedir favores tanto al Dios de la Ciudad, como al Dios de la Fortuna, residente también de Cheng Huang. Uno de los jóvenes quema unas barritas de incienso y hace varias reverencias frente al Dios de la Fortuna. Nos miramos y cuando termina se me acerca. Le pregunto si viene a menudo, si es taoísta, si existe algún precepto que exija la asistencia una vez por semana como ocurre en el Cristianismo. Me comenta que no, que la visita a los templos se hace solamente cuando el individuo siente necesidad de pedir algo a los dioses. Y estas preces conllevan un ritual: se quema el incienso, se realizan las plegarias y se hacen varias reverencias con las manos juntas. Ni el nacimiento, ni el matrimonio o la muerte tienen en China un rito preciso dentro del santuario.



El bullicio del exterior contrasta con ese interior silencioso de mandarines, ritos y plegarias. Me despido del mundo tranquilo de Lao – Tse mientras me adentro en un mundo tintineante de monedas, entre la charla vivaz de la compraventa y el claxon continuo de los moto – taxis. Lejos, las palabras del sabio taoísta resuenan entre la multitud



«Más vale detenerse
que perseverar y excederse.
No puede conservarse por siempre
lo que se afila sin cesar.
No ha quien sea capaz de guardar
una sala llena de oro y jade.
Atraerá el desastre
el rico y noble, si soberbio.
Cumplida la obra, retirarse:
tal es el curso del cielo» .


1. Lao Tsé, Tao Te Ching, Stephen Mitchell y Jorge Viñes Roig (trad.), Madrid, Alianza Editorial, 2007, p.33.
2. Lao zi, Tao te king, Anne – Hélène Suárez Girard (ed., trad.), Madrid, Siruela, 2007, p. 47.
 

lunes, 8 de octubre de 2012

Encuentro con el Gran Maestro III

Domingo, 29 de abril

«Confucio dijo: A los quince años mi voluntad se aplicaba al estudio. A los treinta estaba firme. A los cuarenta no tenía dudas. A los cincuenta conocía el Mandato del Cielo. A los sesenta podía escuchar las verdades sin dificultad. A los setenta podía seguir lo que mi corazón deseara sin hacer   el mal».




En la entrada anterior habíamos dejado al sabio Confucio con treinta y cuatro años, recién llegado a la capital. Una vez allí, el maestro de Qufu se dirigió a la Biblioteca del Imperio, cuyo archivo estaba en manos de un anciano octogenario, el gran filósofo Lao – Tszé. El encuentro no dejó indiferente a Confucio quien al regresar de nuevo con sus discípulos se presentó abatido y conmocionado de tal forma que les dijo a sus seguidores:


- Conozco que los pájaros pueden volar; sé también que los peces nadan y que los animales corren libremente por las praderas. Pero el corredor puede ser laceado, el nadador cazado con arpón y el pájaro atravesado por una flecha en mitad de su vuelo. Existe, sin embargo, el «Dragón»; no sabría yo deciros cómo monta en el viento, cabalga sobre las nubes, desciende a las aguas o asciende a lo más alto de los Cielos. ¡Hoy he visto a Lao – Tszé! ¡Sólo puedo compararlo con el Dragón! .




No queda constancia de la entrevista o de cómo sería el comportamiento que el joven filósofo mantendría ante el aquel entonces Gran Maestro. Pero leyendo la contestación que el padre del taoísmo le brindó a Confucio no queda ninguna duda. El joven pensador, plagado de vanidad, probablemente se pondría a disertar con aires de superioridad igual que acostumbraba hacer con sus discípulos. Pero esta vez, quien le escuchaba era otro sabio con muchos más años en su haber. No es difícil de imaginar a Confucio, un joven provinciano con muchos conocimientos, tratando de deslumbrar al maestro. Según cuenta el historiador Sìmâ Qian la respuesta de Lao Tszé fue la siguiente:

- Aquellos de quienes me habláis – los emperadores Yao y Shun – muertos están y sus huesos no son hoy más que polvo y cenizas. Quedan únicamente sus palabras. El hombre superior siempre llega, a su debido tiempo, a la meta. Pero, aquél que intenta alcanzar la fama prematuramente, en vano se agita y mueve como si sus pies estuvieran enredados o adheridos al suelo. He oído decir que el buen comerciante, aunque posea valiosos tesoros bien guardados, se muestra siempre como si fuera un hombre pobre. Y también el hombre superior, aun cuando sea un sabio perfecto y completo, aparenta el aire de un estúpido. ¡Dejad a un lado vuestros modales pretenciosos y vuestras desenfrenadas ambiciones! ¡Abandonad esas maneras insinuantes que tenéis para con los poderosos y olvidad vuestros insensatos apetitos! Todo eso, al final de cuentas, de nada os servirá. ¡Y esto es todo cuanto tengo que deciros!


                                                                         
                                                                           
Pero esto no fue todo lo que el «Viejo Filósofo» le dijo a Confucio. El padre del taoísmo le envió una nota de despedida justo antes de que abandonase la capital. De su actitud podemos deducir que la inteligencia del joven, pese a su presuntuosidad, no le dejó indiferente. En ella le recomendaba nuevamente humildad y discreción:


- He oído decir que las gentes ricas se intercambian presentes de dinero y que las personas amables lo hacen con consejos. He aquí el consejo que quiero daros: un hombre de intelecto brillante pone, a menudo, su vida en grave riesgo a causa de sus críticas a las demás gentes; un hombre docto y bien leído suele también comprometer su vida por su tendencia a mostrar las debilidades de las demás personas. ¡No penséis de vos mismo únicamente como si fuerais un ministro de la Corte o un hijo de ministro!


Una vez de regreso al ducado de Lû, Confucio siguió con sus enseñanzas mientras progresaba en la Administración pública. Pero los tiempos de estabilidad se vieron truncados cuando el duque, como consecuencia de las luchas intestinas entre clanes fue derrocado teniendo que huir. Regresaría quince años después. Su fiel servidor no dudó en acompañarle al exilio.


Fue un tiempo de peregrinaje en el que Confucio acompañado de sus discípulos se ganaba la vida con sus enseñanzas. A su regreso, el duque recompensó la fidelidad del Sabio nombrándole subsecretario de Justicia. El Maestro de Qufu pudo ver cumplido en parte su sueño, y comenzó a poner en práctica sus enseñanzas de honestidad, orden, respeto a las jerarquías, y justicia. El estado de Lû inició entonces una época de esplendor que no pasó desapercibida a los otros estados. Temerosos del poder que podría llegar a alcanzar, los enemigos del Duque decidieron combatirle de una forma inteligente y menos costosa que la guerra: le enviaron como regalo un ejército de jóvenes bailarinas para su harén y caballos de pura sangre para sus establos. De esta forma el estado de Tché aseguraba la buena relación con el estado de Lû e impedía la influencia de Confucio. Parece ser que la inteligente táctica funcionó porque el Duque se olvidó de su consejero y comenzó a disfrutar la maliciosa dádiva. Confucio deambuló durante tres meses de su casa al palacio ducal intentando ser escuchado.



Cuando se dio cuenta de que sus prédicas eran totalmente inútiles y de que sólo producían el hastío del Duque presentó su dimisión y comenzó una vida de peregrinaje. Acompañado de sus discípulos, recorrió los estados de Wei, Tsin, Chin y Tsú con la esperanza de que los príncipes valorasen su sabiduría y le tomasen como consejero. Pero ocurrió todo lo contrario. Confucio, con sus teorías de honestidad, equilibrio, y honradez sólo despertaba la cólera de unos dirigentes corruptos que veían en él una amenaza. De estado en estado, de fracaso en fracaso, el maestro de Qufu intentó adentrarse en el ducado de Ching, más allá del río Amarillo. Al enterarse su dirigente de los planes del filósofo, hizo decapitar a dos de sus ministros y letrados, discípulos indirectos de Confucio, con el fin de disuadir los planes del Maestro. Éste se enteró de la noticia en las orillas del Río Amarillo componiendo entonces unos versos:

«¡Oh bellas aguas huidizas
que sin límites corréis en vuestro curso!
Es la voluntad del Cielo, ciertamente,
que yo jamás cruce el río Amarillo».



El filósofo deambuló durante trece años hasta que sintiéndose viejo y fracasado decidió regresar a su casa de Qufu. Era el año 478 a.C. Las últimas palabras del sabio dan cuenta de su frustración y tristeza: «Puesto que ningún Príncipe de esta época tiene inteligencia suficiente para comprenderme, más vale que yo muera, pues mis planes a nada conducirán». Y eso fue lo que hizo, dejarse morir. Durante siete días no volvió a tomar ningún alimento  ni tampoco habló con nadie. Murió a los setenta y tres años, rodeado de sus más fieles seguidores. Con él se iniciaba el confucionismo, una doctrina moral y filosófica que iría perfeccionándose con el tiempo gracias a discípulos como Tsú - Tszé o Mencio. Forma junto con el taoísmo y el budismo la esencia de la ética y el pensamiento del pueblo chino.




viernes, 5 de octubre de 2012

Encuentro con el Gran Maestro II

Domingo, 29 de abril


El templo de Confucio en Pingyao invita a la reflexión. Una brisa suave germina entre los sauces mientras las sóforas ofrecen sombra al transeúnte que llega. Nada hace pensar que fuera de este espacio acogedor la vida bulle en una amalgama de comerciantes y turistas. Mientras observo las estatuas de Confucio y sus discípulos, la vida del pensador retumba en mi mente una y otra vez. ¿Se parecía Confucio al rutinario Enmanuel Kant o fue un preludio del azaroso Tu Fu? Más bien creo que fue una simbiosis de ambos, un término medio, apropiado para aquel que predicó hasta la muerte la Doctrina del Medio de Oro o del «Equilibrio y la Armonía». No es de extrañar que una de las virtudes de ese "hombre superior" o "caballero" creado por Confucio fuese el «áureo medio». Así el sabio afirmaba: «El hombre superior es aquel que jamás se desborda en sus pensamientos». Y esto ocasionaba la justa réplica de la oposición para quienes seguir in extremis esta teoría implicaba tanto la inacción como la falta de apasionamiento. ¿Podrían haber existido entonces  Cervantes,  Miguel Ángel, Juana de Arco o Santa Teresa? 


 Nació Confucio en el pueblo de Qufu (anteriormente Tsow), estado de Lû, en la zona costera de la provincia de Shandong; vivió entre el 551 y el 479 a. de C. Fue contemporáneo de Heráclito y por diez años no coincidió con el nacimiento de Sócrates. De su vida, al igual que la mayoría de los filósofos presocráticos, no hay muchos datos fidedignos. Conocemos lo que nos aportan Los cuatro libros (el texto básico de la filosofía confuciana: Analectas, El libro de Mencio, La gran enseñanza, y El justo medio) y Sìmâ Qian, el primer historiador chino, quien en su Shî Jì o Crónica de la historia china nos habla del pensador.

Cubierta delantera


La vida de Confucio, al igual que la de muchos héroes y santos cristianos, está rodeada de hechos fabulosos. Juan Marín recoge una de las leyendas, en las que se narra cómo en el momento del nacimiento de Confucio «dos dragones velaron toda la noche junto a la puerta de la morada» mientras «las hadas encendían pebeteros de incienso que perfumaban el aire» . El dragón, fundamental en la cultura china, acompañaba siempre el nacimiento de los grandes hombres, y a veces, él mismo los engendraba. Lo que sí parece cierto es que Confucio pertenecía al clan familiar Kung; de hecho,  su casa natal en Qufu y posterior templo es una de las visitas de culto en China. Sus descendientes mantuvieron la morada del sabio hasta la mitad del siglo XX. Hecho mítico y  exclusivo en la historia universal si pensamos en un árbol genealógico de más de dos mil quinientos años de antigüedad.



Confucio perteneció a la pequeña nobleza de su tiempo. Se caracterizaba ésta por sus escasos recursos económicos y por su dedicación al estudio, a la política o a la armas; una clase semejante a la de nuestros paupérrimos hidalgos del Siglo de Oro. Su padre, Kung «el Viejo», fue un militar falto de dotes extraordinarios que engendró nueve hijas. La ausencia de un hijo varón constituía un drama debido a la creencia en la veneración de los antepasados. Los Ritos Ancestrales sólo podían hacerse por herederos hombres. Morir sin ningún hijo varón significaba que tu alma vagaría huérfana por el reino de los muertos. Por eso, su padre volvió a casarse con una joven adolescente mientras él se convertía en septuagenario. Cuando nació Confucio, tenía setenta años, y su segunda esposa, pocos más de trece. El anciano Kung moría tres años después, dejando a Confucio al cuidado de su joven madre. Lo que no podría llegar a imaginar es que su hijo iba a convertirse en el gran defensor de la Piedad filial, y que su moralidad, contraria a la política de su época, le haría vagar de príncipe en príncipe intentando mejorar la sociedad de aquel entonces. Pero no adelantemos acontecimientos.



 



Confucio fue un lector empedernido desde los primeros años llegando a escribirse de su infancia que no conoció más distracción que la de los libros. Se sabe que  desde niño destacó por su inteligencia pero que tenía un «dorso arqueado como el de un dragón, unos labios gruesos como de buey y una boca grande como el mar». Afortunado en intelecto, desafortunado en físico, y en este caso, también en amores. Se casó a la edad de diecinueve años con una joven de su misma clase social como exigía la tradición. Tuvieron un hijo y a los pocos meses Confucio fue abandonado por su esposa. Si su heredero no tuvo ningún interés cultural, su nieto,Tsú-Tszé, tomaría el relevo de su abuelo convirtiéndose en uno de los más importantes confucionistas. El sueño de Confucio era formar parte del consejo íntimo de los príncipes, pero nunca lo lograría. Desempeñó varios cargos públicos de poca importancia, como el de Intendente de Graneros del Duque de Lû, su primer trabajo. Empleo que interrumpió durante tres años para guardar luto riguroso por la muerte de su madre según establecía la costumbre ritual.



Fue entorno a estos años cuando surge su vocación filosófica – didáctica y Confucio comienza a enseñar. Si Sócrates criticaba a los sofistas de procurarse sólo alumnos solventes, Confucio hizo todo lo contrario. Se rodeó de una élite intelectual y moral, aunque tampoco desdeñó a la aristocracia. De hecho, gracias a dos de sus discípulos, parientes a su vez de un ministro del Emperador, Confucio pudo salir de su provincia y visitar por primera vez  la entonces capital del Imperio, Loyang. Tenía treinta y cuatro años. Pero de lo que allí le acontece y de sus años de madurez hablaré en la siguiente entrada. De momento, dejemos que sea el propio Confucio quien nos hable:
  
«El que cuida lo que sabe de antiguo y aprende cosas nuevas, podrá llegar a ser un maestro».
«El hombre superior es universal y no se limita, el hombre vulgar se limita y no es universal».
«Aprender sin pensar es inútil, pensar sin aprender es peligroso».
«¿Cómo se puede amar a alguien y no ser duro con él? ¿Cómo se puede amar a alguien y no instruirle?»
«No debe preocupar el no tener un puesto sino el hacerse digno de él; no debe preocupar el ser desconocido, sino el llegar a tener méritos por los que ser conocido».




Confucio, Analectas, Reflexiones y enseñanzas, Joaquín Pérez Arroyo (ed.), Barcelona, Círculo de Lectores, 1999.
Confucio, Los cuatro libros, J. Farrán y Mayoral (trad.), Barcelona, Editorial Maucci, 1961.
Juan Marín, Confucio o el humanismo didactizante, Buenos Aires, Austral, 1954.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Encuentro con el Gran Maestro I

Domingo, 29 de abril


Confucio dijo: «Cuando veamos personas ilustres pensemos en igualarlas, cuando veamos personas llenas de defectos, volvámonos hacia dentro y examinémonos».
                                                                                                                          (Analectas, IV, 14)




Nan Dajie o la calle Sur divide el centro económico y político de Pingyao con el centro espiritual. El raciocinio urbanístico de la dinastía Han no sólo se deja ver en el trazado cruciforme de sus calles, sino también en la disposición de sus edificios. Si a un lado se encuentran la banca y la oficina del antiguo gobierno en el otro emergen sus santuarios. La filosofía de esta ciudad parece ser un recordatorio de la condición humana: regida por la razón, mezcla de materia y espíritu.




Si la base de Occidente se asienta sobre la cultura greco – latina y el cristianismo, China se consolida gracias al confucionismo, al taoísmo, y al budismo. Por eso, para comenzar el recorrido histórico elijo el templo de Confucio, aunque sea el santuario más lejano de la calle Norte.







Al igual que la gran mayoría de edificios emblemáticos con más de mil años de antigüedad ha sufrido diversas reconstrucciones. Su origen se remonta al reinado del emperador Taizong (762 – 779) durante la dinastía Tang (618 – 907 d.C.). Sin embargo, su estado actual es gracias a la intensa reparación que se produjo en el siglo XII bajo el reinado del emperador Jindading. Es uno de los templos dedicados al filósofo de Qufu más antiguos de China, anterior incluso a los de Pekín, o Nanjing. Es también el santuario que guarda la mayor cantidad de esculturas de todo el país. Imágenes del Gran Maestro y sus discípulos revisten el interior llegando a la cantidad nada desdeñable de 87 efigies.






Confucio era, antes de mi llegada al Celeste Imperio, un nombre famoso en la historia pero un gran desconocido en la realidad. Sabía que era chino, que había nacido varios siglos antes de Cristo, y que era filósofo. Pero ni en Filosofía de COU ni en la Historia de la Humanidad de primero de Bachiller se estudia nada del lejano oriente. Por eso, mi conocimiento sobre esta vasta cultura se reducía a los tópicos de siempre: comida con palillos, ojos rasgados, físico idéntico, cultura ancestral, y superpoblación. También algunas experiencias personales ampliaron mi convencional miopía: la lectura de Marco Polo o la Antología de Marcela de Juan, y años antes, el festival de ballet clásico en el que varias de las alumnas, vestidas con kimonos emulábamos a niñas chinas bailando con una caja de música entre las manos y una sombrilla de paja y papel a nuestras espaldas. Tenía tres años y en aquel entonces no sabía que el kimono era propio del Japón y que en China se utiliza otro vestido tradicional, el qipao.




Tuvieron que pasar varios lustros para que el Celeste Imperio comenzase a hacerse eco en el ámbito internacional europeo. Primero, el horror de Tian’ amen; después una dictadura que fue poco a poco abriéndose al capitalismo, coqueteando con Occidente, hasta llegar a convertirse en una de las primeras economías mundiales. Sus ciudadanos fueron llegando a España, abriendo tiendas, trabajando sin descanso, y en menos de quince años, lograron hacerse un hueco en el mercado nacional de bajo coste. Ahora, su objetivo es competir en el de la clase media acomodada (si es que no se la lleva la crisis antes): ¡pobres pequeños propietarios! y ¡pobre Corte Inglés!





Mientras los obreros en China producían de lunes a domingo las veinticuatro horas del día, en España comenzaban a abrirse las primeras academias de chino mandarín y la Escuela Oficial de Idiomas iniciaba nuevos cursos sobre esta lengua. Si para obtener un nivel óptimo de inglés, francés o alemán eran necesarios seis años, para el chino mandarín se necesitaban once; es decir, un esfuerzo de titanes y una buena dosis de paciencia.






También Confucio pregonaba esta ardua virtud, aunque la enseñanza sobre la misma llegó principalmente a España a través de un cuento chino recogido de la tradición taoísta. Creo que el bueno de Confucio me perdonará si pospongo su historia y finalizo con esta perla oriental. Y ¡ojo lectores! no os perdáis la vida de Confucio de la siguiente entrega, tan alada como la de nuestros héroes griegos, y tan pragmática como la de nuestros jurisconsultos romanos. Pero antes, voilá La Paciencia:



 
Un joven letrado acababa de aprobar las oposiciones de mandarín. Antes de tomar posesión de su primer destino oficial, organizó una fiesta con sus condiscípulos para celebrar el acontecimiento. Durante la velada, uno de sus amigos, que ocupaba un cargo desde hacía algún tiempo, le dio un consejo:
- Sobre todo, no olvides esto: la mayor virtud del mandarín es la paciencia.
El funcionario novato saludó respetuosamente al veterano y le agradeció cordialmente esta preciada recomendación.
Un mes más tarde, durante un banquete, el mismo amigo le recomendó una vez más que se esforzase mucho en la paciencia. Nuestro joven letrado le dio las gracias con una sonrisa divertida.
Al mes siguiente, se cruzaron en los pasillos cubiertos con fieltro de un ministerio. El veterano agarró por la manga al principiante, se lo acercó de un tirón y le sopló al oído su sempiterno consejo. Contraviniendo la acolchada etiqueta que era de rigor en los edificios oficiales, el otro retiró bruscamente su manga de seda y exclamó:
- ¿Me tomas por un imbécil o qué? ¡Es la tercera vez que me repites lo mismo!
Mientras un cortejo de dignatarios indignados se volvía, el mentor declaró:
- ¿Ves?, hago bien repetirlo. ¡Mi consejo no es tan fácil de poner en práctica!


                        Un momento de cólera es quemar en un instante
                      la madera acumulada desde hace mucho tiempo.



Fauliot, Pascal, Cuentos de los sabios taoístas, José Pedro Tosaus (trad.), Barcelona, Paidós, 2007, pp. 137-139.